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Archivos diciembre, 2011

Museo Canario, un pasado tras el cristal

dic 27, 2011 | Escrito por:

El Museo Canario es una institución cultural y museística que pasa por ser una pieza fundamental, si no la más importante, del Archipiélago, para entender el pasado prehispánico de Canarias.

Se trata de un museo especializado en lo que, cuando se fundó en 1879, se llamaba antigüedades canarias, y que hoy se deja entender como el trasunto investigador de disciplinas como la antropología o la arqueología. Un museo dedicado a la cultura guanche, aunque este término es impropio, pero se admite de alguna manera como denominación genérica por ser muy popular.

El Museo Canario abre sus puertas todos los días a un público extranjero alojado en hoteles en Gran Canaria siempre fascinado por sus fondos. Turistas que quieren algo más de su visita a Las Palmas de Gran Canaria, que buscan dejarse guiar por una institución seria y con proyección que investiga y divulga con la misma dedicación desde su posición como entidad de referencia en su campo. No hay descubrimiento arqueológico en Gran Canaria en el que el Museo Canario no aporte sus recursos para interpretarlo.

Pero el Museo Canario no sólo ha captado el interés de los visitantes extranjeros, también ofrece una oportunidad a los ciudadanos canarios para encontrarse consigo mismos. Isleños a los que sigue sorprendiendo el pasado remoto que cuentan las vitrinas y los stands del museo Canario.

Remoto, que no quiere decir desconocido, porque el pasado prehistórico de las islas, a seiscientos años de distancia, sigue de alguna manera presente en el sentir y en mil y un detalles de la cultura y en la convivencia de los isleños. Se mire en la dirección en la que se mire.

Calle dedicada

El Museo Canario tiene su sede en la calle Doctor Chil, en el barrio fundacional de Vegueta, no muy lejos de algunos de los mejores hoteles en Gran Canaria. Una dedicatoria, la del callejero, que hace honor al fundador de la institución, Gregorio Chil y Naranjo.

Un médico del siglo XIX grancanario que quiso y logró captar el interés de una burguesía intelectualizada local para animarla a apoyar su proyecto; pero, sobre todo, lo que don Gregorio consiguió fue elevar el valor de una cultura primitiva antigua, que en su tiempo se sostenía con alfileres entre mitos e investigaciones poco rigurosas.

Hoy, el Museo Canario mantiene su colección de restos del pasado aborigen en su sede central de la calle Chil y en los departamentos de sus ampliaciones.

Restos que se refieren a los recursos del medio natural que explotaron los antiguos canarios, a sus modelos sociales y de convivencia, a su espiritualidad, a sus técnicas de momificación, a la base de su alimentación, pero también a lo que fue su respuesta en cada una de las fases de la conquista, y, por extensión, su final como cultura.

Momias, vasijas, pintaderas, vestuario, construcciones habitacionales, ornamentos, inscripciones en piedra y un sinfín de detalles que hablan de un pueblo que vivió bajo una cultura ancestral y que hoy vive en los restos de un museo.

Si es cierto como dicen que todo es del color del cristal con que se mira, las vitrinas de vidrios transparentes del Museo Canario, que guardan lo más granado del legado aborígen canario, ofrecen una oportunidad no igualada para mirar a un pueblo anclado en su tiempo con la nitidez que da el punto de vista de la ciencia moderna, sin reflejos.

Museo Canario, un pasado tras el cristal.

Museo Canario Flickr Creative Commons by Risager

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Catedral de Santa Ana, el templo de nunca acabar

dic 27, 2011 | Escrito por:

Catedral de Santa Ana Flickr Creative Commons by Ted and Jen

La Catedral de Santa Ana es el templo principal de Las Palmas de Gran Canaria, cuyo valor arquitectónico está muy lejos de los de otros grandes monumentos de culto españoles, precisamente por los inconvenientes que acumularon y que fueron comunes a todas las arquitecturas antiguas de las Islas Canarias y que en Santa Ana se hacen todavía más evidentes.

Los más manifiestos, la falta de materiales más nobles para sus facturas, piedra y madera, que nunca fueron abundantes en una región pobre, pero que estuvieron a la altura de los también escasos recursos económicos de un territorio que nunca pudo satisfacer las necesidades constructivas ni aún proveer de arquitectos propios locales.

Nada que ver con los aires de los hoteles en Gran Canaria modernos y vanguardistas donde se alojan paradójicamente muchos de los visitantes que se acercan a conocer de cerca la Catedral de Santa Ana.

Otro agravante para los entendidos en cuestiones artísticas es que Canarias permaneció siempre al margen de las modernidades, como islas en la ultraperiferia de las corrientes artísticas dominantes de cada momento, que mantuvieron muestras de estilos con mucho tiempo de retraso.

En Canarias, la arquitectura pública y privada seguía dando ejemplos artísticos con formas de barroco y neoclásico autóctono cuando esas composiciones estilísticas hacía hasta cien años que habían desaparecido como referencia conceptual para los constructores.

La Catedral de Santa Ana es un reflejo de todos esos inconvenientes, pero, por contra, ofrece algunos detalles y rasgos, mínimos, si se quiere, que la hacen también un monumento genuino, hasta tocar la originalidad en el caso de algunos muy particulares.

Así, la fachada principal está levantada con una piedra negra, oscurecida por el tiempo, que es roca volcánica local, ignimbrita para ser más exactos. Hay que ir a América Latina y tocar algunos de sus templos para encontrar los mismos materiales ígneos en las fachadas de conventos, catedrales, iglesias y ermitas.

Por contra, la fachada posterior del edificio, la que da a la Plaza del Pilar Nuevo, se terminó muy avanzado el setecientos cuando la portada de la Catedral de Granada ya era una admiración neoclásica.

Por eso, su constructor, Diego Nicolás Eduardo, un artista canario descendiente de irlandeses católicos huidos del acoso religioso británico, la eligió como modelo aunque trabajada con mucha menos alegría y soltura de estilo.

Hoy, los hoteles en Gran Canaria dejan ver esas líneas menos airosas en los carteles del Patronato de Turismo local que reproducen la catedral y que por su austera sencillez nadie relacionaría con la andaluza.

Estilos y estilos

Otro detalle, la Catedral de Santa Ana está sin terminar. Se puede decir que desde que se iniciaron sus trabajos en 1497 el templo permanece inconcluso. Sólo hay que mirar desde la Plaza de Santa Ana y a la izquierda de su fachada para observar un gran espacio vacío. Y es que falta todo el lado norte.

Se trata del solar que debería haber ocupado la Iglesia del Sagrario, que nunca se edificó y que probablemente no lo haga nunca. El asunto de una catedral no terminada, tiene un lado también original.

El templo se confeccionó en esos más de quinientos años, poco a poco, añadiendo soluciones de estilo a partes de la iglesia que se iban terminando.

Hoy, y como resultado de todos esos añadidos, tenemos un edificio que acoge muestras del último gótico, pero también manifestaciones renacentistas, barrocas, rococós, neoclásicas y algunos detalles modernistas en una sucesión bastante variopinta que aún no ha concluido y que han dado a la construcción su particular ‘modus vivendi’ y un estilo creativo ganado a pulso en superposiciones y superposiciones.

Catedral de Santa Ana, el templo de nunca acabar.

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Una ciudad que se lleva la palma en sus calles

dic 27, 2011 | Escrito por:

Palmeras de la Avenida Marítima Flick Creative Commons by  Jde Rojas

Las palmeras llaman poderosamente la atención al visitante que llega por primera vez a Las Palmas de Gran Canaria. Forman parte del horizonte vegetal urbano.

Están presentes en el ajardinamiento en la casi la totalidad de espacios verdes de la población, figurando en primera línea en la zonas de ocio de los mejores hoteles en Gran Canaria, pero también en los barrios periféricos. Un orgullo para sus ciudadanos que se han criado bajo sus sombras.

Con toda propiedad, con toda la razón del mundo, la ciudad se llama con naturalidad Las Palmas de Gran Canaria. En cualquier caso, el origen del nombre no es una anécdota, tiene su historia. Vaya de paso que la planta, la palma, también es el emblema vegetal representativo de la isla de Gran Canaria.

La planta se hizo solidaria con la ciudad desde el primerísimo primer momento, en el de su fundación, cuando las tropas del conquistador Juan Rejón, desembarcaron en Las Isletas para dominar la isla en junio de 1479 y se decidieron a levantar su campamento en un palmeral junto al río, hoy barranco, de Guiniguada.

Aquel primer campamento militar se llamaría el Real de Las Tres Palmas, que estaría situado físicamente en lo que hoy es la trasera de la Catedral de Santa Ana, la calle de Los Balcones y los alrededores de la Ermita de San Antonio Abad, junto a la Casa de Colón.

La palmera que da identidad a la ciudad es autóctona, la canaria, que poca gente sabe diferenciar de la africana. La palmera canaria es más frondosa, por decirlo de alguna manera, sus ramas dan lugar a una copa redonda, y, en los ejemplares más grandes a auténticos monumentos vegetales tan majestuosos como impresionantes con sus veinte, veinticinco o incluso treinta metros de altura.

Resitencia natural

Duras, resistentes al viento que las mece en invierno con violencia, las palmeras canarias soportan el stress hídrico, la irregularidad en el riego de una ciudad que no dispone además de aguas públicas en abundancia más que las desaladas.

A las palmeras de la ciudad, se las puede ver formando hileras separando la mediana de la Avenida Marítima, frente a uno de los hoteles en Gran Canaria más visitados, cortejadas por otras washingtonias de jardinería mucho más comunes y ataviadas en las fiestas de Navidad y Carnaval con unas bombillas led azules que les dan un aspecto modernista y, si apuran, hasta futurista.

Parte de esa resistencia natural a todo es herencia natural, la que profetizó Darwin como marca de la casa para las especies mejor adaptadas. Y esa adaptación al medio la tuviern que encontrar por sí misma las palmeras primitivas canarias cuando debieron crecer, reproducirse y acomodarse en un territorio abrupto en el que menudeaban las erupciones volcánicas y sus consecuentes incendios.

Sólo, con esa vocación de superviviente por naturaleza, se entiende cómo las palmeras siguen donde se las encontró el aspirante a hidalgo Juan Rejón, en una ciudad que las admira, las quiere y, sobre todo, las protege como parte de su identidad.


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