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Archivos febrero, 2012

Estatuas urbanas, vivo retrato de una cultura

feb 27, 2012 | Escrito por:

Luis Morote Flickr Creative Commons by Pepelopex

Una buena colección de retratos de los ciudadanos de Las Palmas de Gran Canaria es la que se deja ver en la calle en la relación de esculturas urbanas que llenan el callejero, las plazas y los parques públicos de la población.

Son un relato tridimensional de su historia, de su forma de entender la vida y la cultura, que habla de personajes populares, de gentes de todo tipo, pero también de la esencia, el alma, los gustos y de los ideales de sus habitantes.

Esculturas que muestran las tradiciones son las que se pueden ver en la Plaza de España, antigua de la Victoria, obra del escultor canario Luis Montull y que lleva el incómodo nombre de ‘Actividades productivas canarias’.

Retratos de gentes de la mar y de la tierra trabajando con sus herramientas y aperos. Una obra muy contestada en su tiempo, en 1972, por los rostros abrutados de las imágenes de los personajes y en los que el público no se creyó reconocer.

De un pasado aún más remoto, prehispánico, son las esculturas del despeñamiento aborigen, trasunto de la caída de su cultura, que se puede ver en la calle León y Castillo, en el Parque de Doramas, frente al Santa Catalina, uno de los mejores hoteles en Las Palmas de Gran Canaria.

Llamativas son también las imágenes de la Lady Harimaguada de Chirino en la Avenida Marítima y la del Atlante de la Playa de la Laja, a la entrada de la ciudad.

Una figura abstracta, blanca y recortada sobre un fondo de mar; y la otra erguida en el extremo sur de la población indicando la dirección correcta para llegar hasta su centro.

Deportivas son las esculturas conmemorativas del paso de las antorchas olímpicas de los juegos de 1968, de Méjico, y de Barcelona, en 1992, que también se dejan ver en los alrededores del Hotel AC, por cierto, uno de los mejores hoteles en Las Palmas de Gran Canaria.

Y la otra frente al Mercado de Altavista en Ciudad Alta, bajo la imagen de dos contendientes de lucha canaria forcejeando por derribarse mutuamente.

Los músicos y escritores que quisieron la ciudad también tienen sus imágenes. La de Camile Saint-Saëns frente al Teatro Pérez Galdós, la de un Pérez Galdós cubista en la Plaza de la Feria.

Próceres patrios fueron Chil y Naranjo, fundador del Museo Canario y quien promovió la obra del Paseo de Chil que lleva su nombre para comunicar el Puerto de La Luz con el centro de la ciudad.

El busto está como es lógico en el Paseo de Chil y es obra del artista canario Abraham Cárdenes que quiso hacer una colección de imágenes de ilustres isleños y su vida sólo le dio para hacer dos. La de Gregorio Chil y la del senador Castillo Olivares, instalada en un rincón del Parque de San Telmo.

También tienen imágenes, los archirretratados perros de la Plaza de Santa Ana, hasta ocho, y gentes de la cultura, ilustres, como el escritor y político Luis Morote, el alcalde Rodríguez Doreste, que lo fue de la ciudad en la década de los últimos ochenta, Domingo J. Navarro o el tenor Alfredo Kraus con su escultura colosal del Auditorio.

Pero también el político Del Perojo, fallecido al pie del cañón en 1908 en el estrado del congreso de los diputados donde defendía la secesión de las islas orientales del Archipiélago canario.

Un personaje popular que también tiene escultura en el Parque de Santa Catalina es Lolita Pluma, una mendiga que dio color a la calle con sus esperpénticos maquillajes, animación y comida para sus inseparables gatos. Una imagen con todo el sabor de lo popular.

Estatuas urbanas, vivo retrato de una cultura.

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Ermitas de una vieja fe

feb 26, 2012 | Escrito por:

Las Palmas de Gran Canaria conserva un pequeño número de ermitas en la zona antigua de la ciudad, en los cascos de Vegueta y de Triana, los barrios lamados fundacionales y que son parte de la primera población del siglo XVI y los núcleos a partir de los cuales creció la trama urbana hasta nuestros días.
En el siglo XVIII, cuando Las Palmas de Gran Canaria no alcanzaba los veinte mil habitantes, la población llegó a tener 16 ermitas, iglesias y conventos. Repartidos casi todos por un área que no superaba los cuatro kilómetros cuadrados. Mucho templo para tan pocos feligreses.
De aquella ciudad dominada por las horas de las misas y por las devociones en sus tiempos, sólo quedan media docena de ermitas históricas, si somos flexibles a la hora de contabilizarlas, el resto desapareció con las desamortizaciones del XIX o creció hasta perder su condición y convertirse en iglesias.
De algunas de ellas, ya desaparecidas podemos encontrar rastros todavía en el callejero, como sucede con los nombres de las vías de Triana, Remedios y San Justo o la de Los Reyes en Vegueta.
En todos los casos, se corresponden con las localizaciones de pequeños templos, los de la Ermita de Nuestra Señora de los Remedios y con el de la de los Santos Justo y Pastor, que también tenía templo al final de lo que hoy es la calle Primero de Mayo, también sobre Triana.
La calle de los Reyes sería por la fundación de la Ermita de Nuestra Señora de los Reyes, hoy reconvertida y aneja a un centro educativo al que está adosada.
Ermitas localizadas en el centro de la ciudad, no muy lejos de los mejores hoteles en Las Palmas de Gran Canaria.
¿Pero qué ermitas antiguas se conservan? Tenemos la de San Antonio Abad, a la que se le atribuye un discutidísimo rezo, el de Colón que llegó a Gran Canaria y que la tradición cuenta que oró en la ermita del santo antes de partir. En ella, el Almirante de la Mar Océana se pondría a bien con el cielo y pediría apoyo para su causa.
La Ermita de San Antonio Abad que hoy se levanta frente a la Casa de Colón en Vegueta, en cualquier caso, no es ni de lejos la original.
Si Colón paró en Gran Canaria, probablemente oraría, si oró, en una pequeña iglesia improvisada que servía de eremitorio y que fue construida dentro del campamento castellano que levantaron los conquistadores, en lo que hoy es la trasera de la Catedral de Santa Ana.
Una ermita improvisada cuando a la futura Iglesia de Santa Ana aún le faltaban seis u ocho años para empezar a ser construida.
Que la de San Antonio Abad se haya levantado sobre el solar de una vieja ermita de fortaleza anterior es una cosa, que Colón rezara en ella, pero que la que hoy existe no sea la original es una realidad evidente.
Otra ermita que resta en Las Palmas de Gran Canaria es la del Espíritu Santo, en la plaza del mismo nombre, también en Vegueta.
Originariamente la fundación de la iglesia estuvo a extramuros de la ciudad, pero la que hoy se puede ver se reconstruyó a intramuros después de que el pirata holandés Van Der Does la incendiara en el verano de 1599.
Ermitas antiguas que lo fueron o que lo parecen, pero que no lo son porque, como decíamos, al correr del tiempo se han convertido en iglesias de barrio son las de San Roque, dedicada a un santo protector de escrofulosos, del que tanto necesitaba aquella sociedad canaria antigua y poco dada a la higiene del siglo XVI.
Pero también las de San Juan, en la cuesta que asciende al barrio del mismo nombre, la de San Nicolás en la subida del Camino Real del Castillo en el barrio también homónimo, o la de Santa Catalina, que está desacralizada, en un rincón del Pueblo Canario y que paradójicamente sirve para casar aunque en ceremonias civiles presididas por funcionarios del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria.
Si su deseo es conocer la capital, anímese a hospedarse en alguno de los mejores hoteles en Las Palmas de Gran Canaria, las ermitas y el patrimonio artístico y cultural de la ciudad le esperan para sorprenderle.

Las Palmas de Gran Canaria conserva un pequeño número de ermitas en la zona antigua de la ciudad, en los cascos de Vegueta y de Triana, los barrios llamados fundacionales y que son parte de la primera población del siglo XVI y los núcleos a partir de los cuales creció la trama urbana hasta nuestros días.

En el siglo XVIII, cuando Las Palmas de Gran Canaria no alcanzaba los veinte mil habitantes, la población llegó a tener 16 ermitas, iglesias y conventos. Repartidos casi todos por un área que no superaba los cuatro kilómetros cuadrados. Mucho templo para tan pocos feligreses.

De aquella ciudad dominada por las horas de las misas y por las devociones en sus tiempos, sólo quedan media docena de ermitas históricas, si somos flexibles a la hora de contabilizarlas, el resto desapareció con las desamortizaciones del XIX o creció hasta perder su condición y convertirse en iglesias.

De algunas de ellas, ya desaparecidas podemos encontrar rastros todavía en el callejero, como sucede con los nombres de las vías de Triana, Remedios y San Justo o la de Los Reyes en Vegueta.

En todos los casos, se corresponden con las localizaciones de pequeños templos, los de la Ermita de Nuestra Señora de los Remedios y con el de la de los Santos Justo y Pastor, que también tenía templo al final de lo que hoy es la calle Primero de Mayo, también sobre Triana.

La calle de los Reyes sería por la fundación de la Ermita de Nuestra Señora de los Reyes, hoy reconvertida y aneja a un centro educativo al que está adosada.

Ermitas localizadas en el centro de la ciudad, no muy lejos de los mejores  hoteles en Las Palmas de Gran Canaria.

¿Pero qué ermitas antiguas se conservan? Tenemos la de San Antonio Abad, a la que se le atribuye un discutidísimo rezo, el de Colón que llegó a Gran Canaria y que la tradición cuenta que oró en la ermita del santo antes de partir. En ella, el Almirante de la Mar Océana se pondría a bien con el cielo y pediría apoyo para su causa.

La Ermita de San Antonio Abad que hoy se levanta frente a la Casa de Colón en Vegueta, en cualquier caso, no es ni de lejos la original.

Si Colón paró en Gran Canaria, probablemente oraría, si oró, en una pequeña iglesia improvisada que servía de eremitorio y que fue construida dentro del campamento castellano que levantaron los conquistadores, en lo que hoy es la trasera de la Catedral de Santa Ana.

Una ermita improvisada cuando a la futura Iglesia de Santa Ana aún le faltaban seis u ocho años para empezar a ser construida.

Que la de San Antonio Abad se haya levantado sobre el solar de una vieja ermita de fortaleza anterior es una cosa, que Colón rezara en ella, pero que la que hoy existe no sea la original es una realidad evidente.

Otra ermita que resta en Las Palmas de Gran Canaria es la del Espíritu Santo, en la plaza del mismo nombre, también en Vegueta.

Originariamente la fundación de la iglesia estuvo a extramuros de la ciudad, pero la que hoy se puede ver se reconstruyó a intramuros después de que el pirata holandés Van Der Does la incendiara en el verano de 1599.

Ermitas antiguas que lo fueron o que lo parecen, pero que no lo son porque, como decíamos, al correr del tiempo se han convertido en iglesias de barrio son las de San Roque, dedicada a un santo protector de escrofulosos, del que tanto necesitaba aquella sociedad canaria antigua y poco dada a la higiene del siglo XVI.

Pero también las de San Juan, en la cuesta que asciende al barrio del mismo nombre, la de San Nicolás en la subida del Camino Real del Castillo en el barrio también homónimo, o la de Santa Catalina, que está desacralizada, en un rincón del Pueblo Canario y que paradójicamente sirve para casar aunque en ceremonias civiles presididas por funcionarios del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria.

Si su deseo es conocer la capital, anímese a hospedarse en alguno de los mejores hoteles en Las Palmas de Gran Canaria, las ermitas y el patrimonio artístico y cultural de la ciudad le esperan para sorprenderle.

Ermita de San Antonio Abad Flickr Creative Commons by Ted y  Jean

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Playa de La Laja, flujos naturales

feb 21, 2012 | Escrito por:

La Playa de la Laja es una de las más populares de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, especialmente para quienes viven en el Cono Sur, barrios de la capital situados en los lomos meriodionales de la población.

No muy lejos de los mejores hoteles en Las Palmas de Gran Canaria, los que se asoman también al mar en la Avenida Marítima y junto al Parque de Santa Catalina.

El nombre de La Laja -más bien Las Lajas, consecuencia del reduccionismo léxico del hablar del canario- hay que buscarlo en la abundancia de esas piedras lisas y planas, caídas de los riscos que coronan el mismo frente sobre la arena.

Ese risco, el de La Laja, que siempre ha amenazado con caer sobre la carretera del Sur, es en realidad un frente de lavas de más de cincuenta metros de altura que se deslizó hasta el mar hace miles de años.

Una potencia, como dicen los volcanólogos, que nos habla de una actividad eruptiva de gran magnitud de un conjunto volcánico al que la erosión hizo desaparecer y del que sobrevive apenas el colosal frente de magma de La Laja.

Originariamente, el frente de lavas tocaba el mar, pero su mismo desmoronamiento fue haciendo retroceder el risco y dejar paso a una playa que las corrientes marinas y las mareas cubrieron de arena.

En cualquier caso, ese proceso natural ha tenido que ser ‘ayudado’ para evitar que la playa perdiera arena en ciertas épocas del año con la construcción de diques y el fondeo de tetrápodos.

Una playa con encanto para quienes llegan a ella en familia durante las tardes del largo verano en la capital grancanaria.

Los diques han hecho que la Playa de La Laja tenga abundante arena y que ésta se resista a dejar la costa como hacía antes para acumularse adoptando la forma de dunas junto al paseo.

En el paseo que bordea La Laja, hay dos estructuras que llaman poderosamente la atención, una es la de la escultura de bronce de un atlante desnudo colosal que hace sonar su bucio, una caracola que anuncia la llegada por carretera del visitante a la ciudad y que señala con su brazo extendido la dirección correcta.

La otra pieza llamativa de La Laja es una torre, La Torre de La Laja, el resto que resta de una casa que fue derribada hace unos años y que se antoja un objeto extraño en el perfil del paseo y al borde de la misma playa.

La arena de La Laja no es exactamente rubia, amarilla como la del resto de las playas capitalinas. La de La Laja es algo más oscura y negra en algunos puntos.

Y es asi, porque, mientras que las del resto de la ciudad nacieron del desmenuzamiento de depósitos antiguos y emergidos de pequeños animales marinos de concha, las de La Laja son el resultado de la erosión de rocas volcánicas trasladadas y depositadas por el agua de barrancos y barranquillos del lugar.

Decir Playa de La Laja es decir también viento y corrientes marinas. La playa no se encuentra protegida de la circulación del alisio, el viento dominante del noreste, como sucede con otras del norte de la capital, como la de Las Alcaravaneras, pero tampoco por la fuerza del agua, con el beneficio que tiene la misma de Las Canteras, con su barra natural. En La Laja, viento y mar fluyen de forma natural.

Si su deseo es visitar la capital y alojarse en uno de los hoteles en Las Palmas de Gran Canaria, no deje de darse un chapuzón en una playa con encanto, la de La Laja, naturalmente.Playa de la Laja Flickr Creative Commons by Spanginator


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