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Una ciudad que se lleva la palma en sus calles

dic 27, 2011 | Escrito por:

Palmeras de la Avenida Marítima Flick Creative Commons by  Jde Rojas

Las palmeras llaman poderosamente la atención al visitante que llega por primera vez a Las Palmas de Gran Canaria. Forman parte del horizonte vegetal urbano.

Están presentes en el ajardinamiento en la casi la totalidad de espacios verdes de la población, figurando en primera línea en la zonas de ocio de los mejores hoteles en Gran Canaria, pero también en los barrios periféricos. Un orgullo para sus ciudadanos que se han criado bajo sus sombras.

Con toda propiedad, con toda la razón del mundo, la ciudad se llama con naturalidad Las Palmas de Gran Canaria. En cualquier caso, el origen del nombre no es una anécdota, tiene su historia. Vaya de paso que la planta, la palma, también es el emblema vegetal representativo de la isla de Gran Canaria.

La planta se hizo solidaria con la ciudad desde el primerísimo primer momento, en el de su fundación, cuando las tropas del conquistador Juan Rejón, desembarcaron en Las Isletas para dominar la isla en junio de 1479 y se decidieron a levantar su campamento en un palmeral junto al río, hoy barranco, de Guiniguada.

Aquel primer campamento militar se llamaría el Real de Las Tres Palmas, que estaría situado físicamente en lo que hoy es la trasera de la Catedral de Santa Ana, la calle de Los Balcones y los alrededores de la Ermita de San Antonio Abad, junto a la Casa de Colón.

La palmera que da identidad a la ciudad es autóctona, la canaria, que poca gente sabe diferenciar de la africana. La palmera canaria es más frondosa, por decirlo de alguna manera, sus ramas dan lugar a una copa redonda, y, en los ejemplares más grandes a auténticos monumentos vegetales tan majestuosos como impresionantes con sus veinte, veinticinco o incluso treinta metros de altura.

Resitencia natural

Duras, resistentes al viento que las mece en invierno con violencia, las palmeras canarias soportan el stress hídrico, la irregularidad en el riego de una ciudad que no dispone además de aguas públicas en abundancia más que las desaladas.

A las palmeras de la ciudad, se las puede ver formando hileras separando la mediana de la Avenida Marítima, frente a uno de los hoteles en Gran Canaria más visitados, cortejadas por otras washingtonias de jardinería mucho más comunes y ataviadas en las fiestas de Navidad y Carnaval con unas bombillas led azules que les dan un aspecto modernista y, si apuran, hasta futurista.

Parte de esa resistencia natural a todo es herencia natural, la que profetizó Darwin como marca de la casa para las especies mejor adaptadas. Y esa adaptación al medio la tuviern que encontrar por sí misma las palmeras primitivas canarias cuando debieron crecer, reproducirse y acomodarse en un territorio abrupto en el que menudeaban las erupciones volcánicas y sus consecuentes incendios.

Sólo, con esa vocación de superviviente por naturaleza, se entiende cómo las palmeras siguen donde se las encontró el aspirante a hidalgo Juan Rejón, en una ciudad que las admira, las quiere y, sobre todo, las protege como parte de su identidad.


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